Pamir Highway: 10 días, dos Royal Enfield y un Lada Niva del 80

Aug 22, 2025

Dicen que la Pamir Highway (M41) es una de las carreteras más épicas del mundo, y nosotros decidimos comprobarlo de la forma más auténtica posible. Nuestro punto de partida: Osh, Kirguistán. Nuestro objetivo: diez días por el techo del mundo entre averías, pasos de alta montaña y encuentros improbables.

Nuestro equipo: dos Royal Enfield nuevas y flamantes para mis amigos, y para mí (y la carga, los suministros y la gasolina extra), un Lada Niva de 1980. ¿Por qué un coche soviético de más de 40 años? Por el lore, por la historia y, sinceramente, porque pensamos que sería divertido. Spoiler: lo fue… pero el Lada nos hizo sudar.

Aquí va la crónica de esta locura de 10 días por la Pamir Highway.

Equipo completo en la Pamir Highway con dos Royal Enfield y un Lada Niva de 1980

Dos Royal Enfield, un Lada Niva del 80 y diez días por delante en la Pamir Highway

Día a día en la Pamir Highway

Día 1 · Osh → Sary Mogul

La aventura no tardó ni cinco minutos en ponerse seria. Apenas salimos de Osh, el freno de mano del Lada se quedó bloqueado. Tuvimos que meternos debajo del coche y desconectar el cable de tensión allí mismo. A partir de ese momento, la “nueva tecnología” de estacionamiento fue simple: dejar una marcha puesta y buscar una buena piedra para calzar la rueda.

La recompensa del día llegó al atardecer: alcanzamos Sary Mogul y dormimos con vistas espectaculares al Pico Lenin. El escenario compensaba cualquier problema mecánico y nos recordaba por qué estábamos allí.

Lada Niva de 1980 frente al Pico Lenin
Royal Enfield rodando con el Pico Lenin de fondo

El Lada y las Royal Enfield bajo la mirada del Pico Lenin, donde empezó de verdad el viaje

Día 2 · El techo de la ruta

Cruzamos la frontera entre Kirguistán y Tayikistán, un trámite que ya de por sí es un espectáculo: montañas inmensas, pistas de tierra y camiones soviéticos que parecen fuera del tiempo. Al otro lado nos esperaba el lago Karakul, una mancha azul hipnótica en medio de la nada.

Esa noche dormimos con una familia nómada en las montañas, justo después de superar el paso más alto de la ruta: Ak-Baital, a más de 4.600 metros. Al Lada le faltaba aire, pero poniendo la reductora trepó como una cabra montesa. Nosotros, en cambio, sentíamos cada peldaño de la altitud en los pulmones.

Día 3 · Murghab y las casualidades

Amanecimos en Murghab con una mala noticia: uno de los cojinetes del Lada se había desintegrado. Pasamos la mañana recorriendo el pueblo en busca de un mecánico y repuestos, preguntando en talleres improvisados y tiendas donde se vende de todo y de nada a la vez.

Cuando por fin dimos con alguien que podía arreglarlo, nos soltó el dato del viaje: ¡ya había reparado ese mismo coche anteriormente! El mundo es un pañuelo, incluso en pleno Pamir.

Con el coche “sano”, seguimos ruta y acampamos a la orilla de un río, en medio de la nada absoluta. Solo nosotros, el sonido del agua y un cielo estrellado que parecía inventado.

Día 4 · Rumbo a la civilización: Khorog

Objetivo del día: llegar a Khorog, la única ciudad “real” en toda la ruta. Fue una jornada de conducción pura, atravesando valles que parecen de otro planeta, con pistas polvorientas y pueblos mínimos colgados de las laderas.

Llegar a Khorog por la tarde se sintió casi como volver al futuro después de tanta naturaleza salvaje: tráfico (un poco), tiendas, gente en las calles y hasta la posibilidad de encontrar WiFi.

Día 5 · Pánico en el Valle de Wakhan

Entramos en el legendario Wakhan Valley, bordeando el río Panj con Afganistán siempre presente en la orilla opuesta. Las casas de barro afganas nos observaban desde el otro lado mientras nosotros avanzábamos por la pista tayika.

Fue aquí donde todo se torció. Mis amigos en moto iban adelantados y yo me quedé atrás con el Lada. De repente, una pieza del embrague se rompió. Me quedé tirado, sin poder cambiar de marcha y sin cobertura. Silencio absoluto.

Tras una hora de espera, una familia local me encontró, me invitó a comer a su casa y se puso a buscar ayuda. Cuando mis amigos regresaron a buscarme, acabamos todos compartiendo mesa con esta familia nómada. La hospitalidad pamiri no es un tópico: es real y te salva el día.

Logré arrancar el Lada y, forzando las marchas sin embrague, regresamos a Khorog. Allí encontramos un mecánico que nos prometió tenerlo listo al día siguiente.

Valle de Wakhan con Afganistán al otro lado del río Panj

El mítico Valle de Wakhan: Tayikistán a un lado, Afganistán al otro y la carretera colgando sobre el río Panj

Día 6 · Día de taller (y WiFi)

El día 6 fue un día “muerto” obligado por la mecánica. Acompañé al mecánico arriba y abajo por Khorog buscando la pieza de recambio hasta que dimos con algo que podía funcionar.

El resto del día lo pasamos en el hotel, aprovechando para ducharnos, lavar algo de ropa y conectarnos a internet después de varios días totalmente incomunicados. A veces, en medio de una gran aventura, lo que más se agradece es una ducha caliente y un buen rato sin hacer nada.

Día 7 · De vuelta al Wakhan

Con el Lada resucitado, volvimos al Valle de Wakhan. Esta vez con menos tensión y más tiempo para simplemente mirar alrededor. Es, sin duda, uno de los paisajes más bonitos que he visto en mi vida: montañas gigantes, el río recortando el valle y las construcciones de barro afganas vigilándonos desde el otro lado.

Terminamos el día en unas aguas termales (probablemente las de Bibi Fatima), dejando que el cuerpo se relajara después de tantos kilómetros de polvo y baches.

Día 8 · Altura, gasolina y ríos

Cuanto más subíamos, peor era la calidad de la gasolina, y el Lada lo notaba. La carburación empezaba a fallar y cada adelantamiento requería paciencia y fe. Aun así, seguíamos empujando.

Carretera Pamir Highway atravesando las montañas del Pamir

Las lluvias en el norte habían hinchado los ríos, y nos tocó cruzar varios vados con bastante corriente. Al final del valle, ya retomando la ruta hacia Kirguistán, una de las motos pinchó. Lo arreglamos en una pequeña aldea y esa noche dormimos junto a un río, agotados y casi sin comida, pero rodeados de un paisaje tan brutal que todo lo demás parecía secundario.

Día 9 · El día más largo

Nos levantamos al alba para intentar liquidar los kilómetros restantes hasta la frontera. Fue una jornada maratoniana, de esas en las que el tiempo se mide en pistas de tierra y en cafés instantáneos.

Al llegar al puesto fronterizo, ya de noche, el Lada dijo “basta” y decidió no arrancar. Tuvieron que ser los propios militares de la frontera quienes me ayudaron a revivirlo a base de empujones y cables.

Ya en marcha, recogí a un autoestopista ruso y lo acerqué hasta el pueblo donde íbamos a dormir (probablemente Sary-Tash). Llegamos destrozados, pero celebramos el fin de la etapa reina como se merece: un plato enorme de plov y manty calientes que nos supieron a gloria.

Día 10 · Regreso a Osh

El último tramo hasta Osh fue casi un paseo triunfal. Sin prisas, con la sensación de que lo realmente duro ya había quedado atrás. Devolvimos las motos y entregamos a nuestro fiel (y caprichoso) Lada Niva, que se había ganado a pulso un lugar en la memoria del viaje.

Mapa de la ruta recorrida en la Pamir Highway desde Osh

Mapa aproximado de la ruta: salida en Osh, paso por el Valle de Wakhan y regreso a Kirguistán

Conclusión

La Pamir Highway no es solo una carretera; es una prueba de resistencia para ti y para todo lo que lleves encima. Si vas, prepárate para que algo (o todo) falle y para que, gracias a la gente local y a la paciencia, todo termine saliendo bien de una forma u otra.

Si puedes, alquila un Lada viejo o cualquier máquina con personalidad. Te dará problemas, sí, pero también te regalará las mejores historias y las anécdotas que seguirás contando años después.


¿Has hecho algún viaje que te haya transformado? Me encantaría conocer tu historia en los comentarios.